27 de agosto de 2025

photo_camera Fotografía: Juan Ramírez Jardúa.
El pasado miércoles 20 de agosto ocurrió un hecho extraordinario. La Plaza Ñuñoa era cubierta por una leve llovizna, y a medida que su intensidad aumentaba, también lo hacían los murmullos en uno de sus recintos aledaños. Los transeúntes que se dirigían a los bares o a los paraderos de micros, detenían su andar y miraban lo que estaba sucediendo allí, en el número 26 de la calle Jorge Washington, en el frontis de un teatro que esa noche abría sus puertas para recibir una historia de ochenta años que acudía a presenciar otra historia sobre su escenario.
El Teatro UC estuvo de fiesta, recibió a aproximadamente 250 personas esa noche, entre ex estudiantes y profesionales que se reencontraban después de quién sabe cuánto, con la mejor pinta que una noche de invierno y de mitad de semana podía permitir.
Caras conocidas, otras no tanto, gritos de sorpresa en el reencuentro, saludos de mano cariñosos, abrazos apretados por el tiempo transcurrido, como si sólo una sonrisa indicara todo lo que se habían extrañado. Otros que jamás se habían visto y quizás nunca trabajarían juntos, pero haber acudido al mismo espacio educativo hacía crecer la familiaridad en las miradas de reojo y en los roces de hombros al pasar.
Generaciones y generaciones se apretujaban en las escaleras subiendo al segundo piso del teatro hasta la Sala Eugenio Dittborn, que se repletaría en cuestión de minutos. Casi parecía que eran novatos y novatas entrando a la sala de clases en su primer día de escuela, algunos más rápidos y ansiosos, otros más lentos y precavidos, arreglándose las mechas despeinadas por el ajetreo y desabrigándose por el calor del tumulto reunido.
Revisan qué asientos les tocó y se ayudan para encontrar el lugar, hay quienes quedan lejos de las personas con las que vinieron, pero se encuentran con una cara conocida en la butaca colindante. La sala está en penumbra, el preset está listo para dar inicio a la función de “La mantis religiosa”, obra publicada en 1971 y que ese día, 54 años después, era protagonizada por ex estudiantes que iban a presentar frente a sus colegas, como si estuvieran de pronto en el curso de realismo aproximándose por primera vez al texto de Alejandro Sieveking.
Juan Francisco Olea, Jefe de Educación Continua y Extensión, abre la noche diciendo que, quienes quieran, pueden cambiarse a los asientos libres. No hay necesidad de decir más y todos y todas saltan sobre las butacas como guarenes para acercarse un poco más al escenario. Allí, como iguales, parecieran recordar las primeras idas al teatro durante su época de estudios, cuando todo parecía ser novedoso y audaz.
Las luces se apagan y el clamor también. Ya sólo se escucha la lluvia y una radio antigua ubicada sobre un refrigerador que da inicio a la obra. Una escenografía hecha de infinitas puertas que se abrirán y cerrarán la hora y media entera, dan la entrada a cinco actrices y actores, representantes de tres generaciones se podría intuir. El personaje del padre quiere saber cómo está su hija Teresa, la conocida “mantis religiosa”, con quizás la misma curiosidad de quien presencia la escenificación por saber qué ha hecho la persona que tiene al lado en todo este tiempo.
“Adela: (...) Yo digo: si yo nací, si estoy en el mundo, es para sacarle el jugo a la vida. Para reírme y ser feliz, aunque solamente sea una hora, un momento perfecto que me ayude a soportar todo lo que venga después.”
Este texto queda latente en el aire, pero no por las razones del personaje, quien quiere que su enamorado robe un banco para que puedan escapar al Caribe, pero sí para hacer surgir el cuestionamiento de ¿por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué seguimos ante todo y por qué nos reunimos aquí? La obra termina y la oscuridad por un momento opaca el sonrojo de ver al resto de colegas en la sala. Luego, todo se ilumina y la ovación es larga, es un momento especial.
Gabriela Aguilera, Directora del Teatro UC y maestra de ceremonia, toma el micrófono. Da las buenas noches con una emoción distinta, para gente que no veía hace mucho tiempo y para gente que ve todos los días. Risillas deambulan en la sala como el polvo que aparece a contraluz al salir de un foco.
“Hace ocho décadas que un grupo de entusiastas creyó en el poder del teatro para transformar vidas y en la importancia de formar a quienes darán vida a la escena y a las historias que nos unen.”
Mario Costa, Director de la Escuela, toma la batuta.
“Alcanzar los 80 años frecuentemente se asocia con la manifestación del peso del tiempo, con la fragilidad del cuerpo o con una nostalgia por lo que quedó atrás. Pero en nuestra Escuela de Teatro UC cumplir ochenta años significa exactamente lo contrario. Es la prueba de que el tiempo no nos ha debilitado, sino que nos ha hecho más lúcidos; que la memoria no nos encierra en el pasado, sino que nos proyecta hacia el futuro; que la edad, lejos de ser un límite, es la evidencia de una fuerza creadora que ha resistido, se ha reinventado y ha seguido transformando la escena, década tras década. Ochenta años, para nosotros, son sinónimo de experiencia, de sabiduría compartida y de una vitalidad que se renueva cada vez que una generación de estudiantes se atreve a encender la llama del teatro.”
Coca Duarte, Subdirectora de la Escuela, es la siguiente en subirse al escenario; recuerda escenas y “obritas” de personas que ve allí presentes, pero sube en ese momento para entregar un reconocimiento importantísimo.
“Ahora tengo el honor de representar a la Escuela en este reconocimiento a la labor excepcional de un hombre que ha dedicado más de treinta y seis años al crecimiento y desarrollo de nuestra Escuela de Teatro. Me refiero a Humberto Minay, para quien pido un aplauso.”
El teatro entero casi se derrumba debido a los aplausos y vítores con los que se recibe el nombre de Humberto Minay, una de las personalidades más populares de la velada, tramoya de la Escuela de Teatro UC, quien desde 1989 forma parte de la comunidad.
“En la intensidad que puede sobrevenir en el fulgor del trabajo artístico y académico en el que está involucrado en la Escuela, Humberto destaca porque es una persona que ofrece calma en la urgencia, visión cuando se pierde la perspectiva, certezas en la incertidumbre. Es por esto que, sin duda, varios integrantes de la Escuela de Teatro lo consideramos un maestro, ya que con sus cualidades y actitudes se constituye un gran ejemplo a seguir.”
Humberto sube al escenario algo tímido, no le gusta tanto el escándalo, como sabrán los y las ex estudiantes, pero nadie puede negar la estrella de rock que se roba la escena en ese instante. Los flashes lo invaden y él saluda con humildad y cariño, mira al público tratando de ver con dificultad a quienes lo aplauden y que no paran de hacerlo por largos minutos.
Es turno entonces del Decano de la Facultad de Artes, Alexei Vergara, quien sube al escenario para entregar a Humberto el codiciado “Guarén de oro”.
Se dice que, antiguamente, en la Ópera de Paris, a las jóvenes bailarinas que empezaban su carrera, se les conocía como “les petites rats” (“las ratoncitas”), porque se les asignaban los camarines en los niveles más bajos del teatro, donde convivían con ratas reales. Algo similar pasaba con los y las estudiantes que comenzaban su carrera como comparsas en el Teatro UC. Pero, Eugenio Dittborn, cuyo nombre lleva la sala anfitriona de esa noche, dijo con ironía y orgullo “Los nuestros no son petits rats; estos cabros son guarenes”. Desde entonces, la Escuela entrega el “Guarén de Oro” como el homenaje más importante y, en él, se reconocen figuras que han sido clave en la historia y el crecimiento de la institución. Las sonrisas lagrimosas son inevitables. Humberto agradece a la Escuela y a su familia. Y es allí cuando no hay persona que no se levante y lo aplauda y vitoree su nombre, su trabajo, sus consejos, a él.
Todos y todas se abrigan para salir a la recepción, corren rápido tal cual lo haría un estudiante de Actuación saliendo de ensayo a un cóctel del Instituto de Música o de la Escuela de Arte. Las escaleras al primer piso están atiborradas, así como el foyer de la planta baja, donde casi no se podía andar por el mar de generaciones que se encontraba allí. Con una copa y un tentempié, la ansiedad y vértigo de volver a verse desaparece un poco, se conversa después de quizás cuánto tiempo con quienes se compartió en la Escuela.
Allí siguen los abrazos a Humberto y las fotos con el “Guarén de Oro”; “¿Dónde lo vas a colocar?”, “En la Escuela”, bromea Humberto, “no doy entrevistas”, dice riendo. Se escuchan de pasada conversaciones sobre cómo es ver en perspectiva tu paso por la Escuela, se recuerda a esos compañeros a los que no se les vio más. “Escucho tu programa de radio”, “fui a ver tu obra”, “he sabido que estás con un proyecto de música”, “te fuiste al sur”, “tienes una hija”, “¿dónde estás haciendo clases?”, “hablemos para ver una posibilidad de proyecto”, “coordinemos una entrevista, nos tomamos un café”. Y mientras más y más de estas frases invaden los oídos, nos percatamos de que en un teatro no puede caber tanta historia, pero se intenta y nos apretujamos para caber.
Se demoran las despedidas, hay quienes se van a sus casas o a tomar algo, o quienes solamente se quedan hablando afuera, bajo las pocas gotas que aún caen del cielo. Y la noche termina y mañana se trabaja, se sigue ensayando, se sigue haciendo clases, se sigue postulando a fondos, se sigue escribiendo, se sigue creando. La historia se repite como se repiten las historias en los escenarios, todos y todas toman caminos diferentes, preguntándose si se encontrarán nuevamente o si tendrán que pasar otros diez u ochenta años para un nuevo “¡tanto tiempo sin verte!”.

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